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	<title>Manaos &#8211; Zoe Radio Bolivia</title>
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		<title>Con más de 3.000 entierros, la pandemia acelera la expansión del cementerio de Manaos</title>
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		<dc:creator><![CDATA[Karen]]></dc:creator>
		<pubDate>Sun, 24 Jan 2021 21:23:31 +0000</pubDate>
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										<content:encoded><![CDATA[<p>Manaos no recuerda un mes más funesto con más de 3.000 entierros en enero. <strong>Los trágicos récords de la segunda ola de la pandemia de COVID-19 y del colapso sanitario aceleran de forma vertiginosa la expansión del mayor cementerio de la capital amazónica de Brasil.</strong></p>
<p>Las obras de ampliación no paran en el camposanto Nossa Senhora Aparecida, cerca del caudaloso río Negro.   Bajo el agobiante sol del trópico, los obreros abren nuevos lotes y empiezan a levantar estructuras verticales, que acogerán de 2.000 a 3.000 cuerpos.   Desde su habilitación hace seis décadas, Nossa Senhora Aparecida alberga a unos 130.000 difuntos, según datos de la Alcaldía de esta ciudad de 2,2 millones de habitantes.</p>
<p><strong>En las últimas dos semanas, Manaos registra un promedio de más de 100 entierros de víctimas de COVID-19 por día, con un récord de 213 el 15 de enero. En Nossa Senhora se realizan más del 75% de las inhumaciones de la ciudad, según datos de 2019.</strong></p>
<p>Aunque casi la mitad (1.419) de los 3.165 entierros totalizados en Manaos hasta el 22 de enero se debieron oficialmente a la pandemia, esa alta cifra muestra también la crisis del sistema de salud.</p>
<h2>Datos</h2>
<p>Hasta ahora, el peor mes desde la primera ola, que había obligado a abrir fosas comunes, era abril de 2020, con 2.809 entierros en la ciudad.</p>
<p><strong>Los números son solo una forma de dimensionar la tragedia, cuya verdadera magnitud se siente en los recovecos del Nossa Senhora Aparecida.</strong></p>
<p>El ruido de una excavadora que abre nuevas fosas se mezcla en la mañana del viernes con los gritos de Etiane Ferreira quien, arrodillada, clama por su padre, a quien acaba de enterrar.</p>
<p>«¡¡Papá, ¿por qué?!!». Los gritos paralizan por unos segundos a los empleados del servicio funerario, cubiertos por monos blancos y máscaras, que descargan féretros envueltos en plástico, una marca inconfundible de que se trata de un caso de COVID-19.</p>
<p>«Somos seres humanos», murmura Michael Guerreiro, uno de los empleados, mientras observa a Etiane, con el puño en el suelo de tierra rojiza. «Duele mucho, venimos a trabajar porque nos toca», agrega, y vuelve a cargar el ataúd.</p>
<p>El padre de Etiane falleció por COVID-19. La prima de la joven, Cristiane Ferreira, cuenta que necesitaba ser entubado pero no había camas disponibles.</p>
<p>«Los médicos y las enfermeras se esforzaron mucho, pero desgraciadamente no son Dios», dice entre lágrimas, antes de abrazar a Etiane.</p>
<p>Bajo una tienda de plástico junto a un lote de tumbas, otro empleado, que no se identifica, escribe con un pincel y témpera negra los nombres de los difuntos y sus fechas de nacimiento y muerte sobre las cruces de madera.</p>
<p>Calcula que pinta unas 70 por día. Las pequeñas en tonos azulados se suceden a lo largo de las interminables cuadras del cementerio.</p>
<p>FUENTE: AFP</p>
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